El cerebro de Einstein fue extraído en su autopsia y pasó años en una caja de sidra

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Einstein pidió ser incinerado, pero el patólogo de su autopsia se quedó con su cerebro, lo cortó en 240 piezas y lo llevó por Estados Unidos durante décadas.
Albert Einstein quería ser incinerado y que sus cenizas se esparcieran en secreto. Su deseo se cumplió solo en parte. Cuando murió en el Hospital de Princeton el 18 de abril de 1955, a los 76 años, el patólogo Thomas Harvey le extrajo el cerebro durante la autopsia, lo pesó en 1.230 gramos y se lo quedó. Durante más de 40 años, el cerebro más famoso del siglo XX viajó con Harvey, y llegó a guardarse en una caja de sidra.
Según un relato publicado por NPR, Harvey no tenía un permiso claro. Cuando la historia salió a la luz, días después, consiguió una bendición reticente del hijo de Einstein, Hans Albert, con la condición de que el cerebro se usara solo para la ciencia y que los resultados se publicaran en revistas serias. Harvey también extrajo los ojos de Einstein y se los dio al oftalmólogo del físico, Henry Abrams. El resto del cuerpo fue incinerado ese mismo día.
Harvey fotografió el cerebro desde muchos ángulos, luego lo cortó en 240 bloques incluidos en celoidina y preparó cientos de láminas de microscopio. Las piezas no lo tuvieron fácil. Harvey perdió su empleo en el hospital, se mudó al Medio Oeste y, mientras trabajaba en un laboratorio de pruebas en Wichita, Kansas, guardaba los frascos en una caja de sidra debajo de una nevera de cerveza. En 1988 perdió su licencia médica y aceptó un trabajo en una fábrica de Lawrence, también en Kansas.

El mundo casi había olvidado el cerebro hasta 1978, cuando el periodista Steven Levy localizó a Harvey y escribió sobre el caso. Llegaron los estudios. En 1985, la neurocientífica Marian Diamond, de la Universidad de California en Berkeley, comparó cuatro pequeñas muestras con los cerebros de otros 11 hombres y publicó en Experimental Neurology90123-2) que Einstein tenía más células gliales, las células de apoyo del sistema nervioso, por cada neurona. Solo una de las cuatro zonas mostró una diferencia estadísticamente significativa.
En 1999, un equipo dirigido por Sandra Witelson, de la Universidad McMaster, en Canadá, estudió las fotografías de Harvey. En The Lancet10327-6) informaron que los lóbulos parietales de Einstein, relacionados con las matemáticas y el razonamiento espacial, eran un 15 % más anchos que los de los cerebros de control, y que parte de la cisura de Silvio, un gran surco en el costado del cerebro, era inusualmente corta.
En 2010, los herederos de Harvey donaron sus fotografías y un conjunto de láminas al Museo Nacional de Salud y Medicina de Estados Unidos. La antropóloga Dean Falk y sus colegas analizaron 14 de esas imágenes, nunca publicadas, y escribieron en la revista Brain en 2012 que, aunque el tamaño y la forma generales eran normales, varias regiones de la corteza eran extraordinarias, entre ellas un pliegue extra en el lóbulo frontal. También señalaron que 180 de los 240 bloques están hoy en el Centro Médico Universitario de Princeton y que la mayoría de las láminas sigue sin localizarse.
No todos están convencidos. Críticos como el psicólogo Terence Hines sostienen que cada cerebro es único, que Diamond informó solo algunas de las comparaciones que pudo hacer y que un solo cerebro no puede mostrar si un rasgo causó el genio o vino de toda una vida pensando intensamente, como resumió National Geographic.
Todavía se puede ver un trozo de la historia. El Museo Mütter de Filadelfia adquirió 46 láminas del cerebro de Einstein, que se exhiben desde 2013. El propio Harvey murió en 2007, a los 94 años.
Fuentes: NPR (2005); Diamond et al., Experimental Neurology (1985)90123-2); Witelson et al., The Lancet (1999)10327-6); Falk et al., Brain (2012); Falk, Frontiers in Evolutionary Neuroscience (2009); National Geographic (2014). Portada: Albert Einstein fotografiado por Orren Jack Turner en 1947.